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De las Sierras a la costa del colorido Ecuador

Nuestro paso fugaz por la ciudad colonial declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad incluye admirarla desde el mirador de Turi a la tarde, y disfrutar de sus catedrales iluminadas a la noche, sobre el parque Calderón.

Es de mañana cuando probamos, en el mercado 10 de Agosto, el hornado, plato típico ecuatoriano: bajo el cuero crujiente está la carne de cerdo bien condimentada, que de tanta cocción se desarma entre los dedos. Se acompaña con mote, tortilla de papas y verduras. Del animal entero de 100 kilos, que se cubre con un mantel blanco con encaje, nada queda al final del día. 

 

El Parque Nacional Cajas, al noroeste de la ciudad, está formado por un sistema lacustre de origen glaciar con más de 200 lagunas conectadas entre sí por riachuelos y arroyos. A 4.100 m.s.n.m. se encuentra la divisoria continental de aguas entre los océanos Pacífico y Atlántico y desde ahí comienza el descenso constante hasta llegar a Guayaquil, a nivel del mar. En la Cordillera de la Costa, el bosque de neblina es un declive siempre verde gracias a las lluvias y garúas. Más adelante aparecen bananeros, cacaoteros y caña de azúcar.

 

En Guayaquil nos esperan la humedad ambiente y el calor del golfo. 
Desde el Malecón 2000, el río Guayas, ancho y denso, recuerda al Paraná. Pero aquí hay un cerro con bares y restaurantes denominado Santa Ana que vio nacer la ciudad, al pie de cuyas faldas se desarrolla un programa moderno de regeneración inmobiliaria urbana con espacios residenciales y comerciales, la Ciudad del Río. Incluye The Point, con diseño en espiral, el edificio más alto de Ecuador. 

 

Más de 400 escalones suben hasta la capilla y el faro Santa Ana. Desde allí se aprecia el río, las islas Santay y Durán, las casitas de colores del cerro, el malecón que cobra vida por las tardes cuando baja el calor, y el casco comercial, que esconde en su centro una plaza abierta llamada popularmente Parque de las Iguanas. Aquí, más de 200 de estos reptiles escamosos comparten territorio con palomas y gente. Y no se escapan, porque Priscilla Ruiz los cuida todos los días, de 10 a 6, contratada por la municipalidad. Las conoce por sus nombres, las acaricia, las alimenta, y mientras se le trepan a la falda les quita las garrapatas. De esta forma concluye el viaje: alimentando saurios con lechuga y banana entre las calles Chile y 10 de Agosto.

 

 

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